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Cristián García-Huidobro: La verdadera meta del Everest está en descubrir la ilimitada capacidad del hombre de ir a lugares prodigiosos

Viernes 19 de Mayo de 2017
A veinticinco años del Desafío de un Sueño, el primer chileno en conquistar la cumbre del mundo rememora una de las mayores hazañas de nuestro deporte. Filosofando, dice que “una cima es una simple excusa para volar por un bello camino”, afirmando además: “Purto no dijo la verdad”.
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Coronada una de sus múltiples charlas, uno de los amos y señores de los ochomiles dialogó con la Ciudad del Deporte a exactos 25 años de una epopeya sobresaliente de nuestro deporte: su primera conquista del Everest, rubricada a las 10.15 horas del viernes 15 de mayo de 1992, teniendo en Cristián García-Huidobro Valdivieso (Santiago, 21-4-1961) al primer chileno y sudamericano en arribar al techo de la Tierra, presidiendo la bandera nacional a 8.848 metros de altura.

“Agradezco el lindo gesto de la Casa del Deporte de Viña, donde Rebeca, mi madre, vive desde hace largo tiempo en la Av. San Martín”, expresa el ingeniero civil de industrias, de la Universidad Católica. “Hoy, estoy dedicado completamente a dar charlas por todo el país, no sólo de liderazgo, motivando a la gente a enfrentar la vida intensamente, con alegría y energía, y para confiar en los demás.”, precisa rodeado por los fastuosos jardines del hotel Manquehue -sitio de esa cautivante charla- el también hijo de Fernando, fallecido luego de trabajar más de sesenta años en el congreso. 

El invasor del máximo macizo del planeta, antes de narrar el gran ataque de su vida, reflexiona: “Una cumbre no es más que una excusa para recorrer un bello camino, donde se produce el nexo íntimo de un ser con otro ser, reinando la amistad, la solidaridad y la alegría de realizar un ideal compartido”. Además, recuerda a compañeros muertos “en su ejercicio de la libertad, en su práctica del derecho al goce de la proeza y a la esencia de la vida”. Así, en estepas de tan altas empresas, perdieron la vida Víctor Hugo Trujillo, en 1986, y más tarde, en 1997 y 2002, dos miembros del Everest 92: Dagoberto Delgado y Chistian Buracchio. 

Ahora, volando hacia mayo del 92, cuando el desafío de un sueño acometido por la Cara Olvidada de la Montaña Reina se hizo realidad -según reza el titular de un libro escrito por Rodrigo Jordan, líder de la expedición-, comenta: “Después de tres intentos fracasados, los del 83, 86 y 89, Jordan encabezó el proyecto integrado también por Claudio Lucero, Juan Sebastián Montes, Buracchio, Delgado y Alfonso Díaz. Con ellos, ascendimos hasta la cumbre del Himalaya por ese flanco, llamado Cara Olvidada porque su ruta es la más difícil y olvidada, tanto que casi nadie va porque es prácticamente inabordable”.   

¿Cuánto duró la travesía? ¿Fue dificultosa, ciertamente?

En total, cuarenta días, partiendo desde acá el 24 de marzo. Primero, estuvimos 33 días equipando el cerro, poniendo cuerdas y aprovisionándolo hasta recluirnos en los cinco mil metros del campamento base, donde nos recuperamos para hacer el asalto final. Cuando se juegan los cartuchos más grandes. En cuanto a dificultades, sí las hubo por supuesto, y muy complejas, como una avalancha que me cayó por el costado cuando aún no estaba puesta la cuerda. A Buracchio le vino una hipotermia estando a ocho mil metros y a los sherpas también se les vino una avalancha, pero con la cuerda puesta. Hubo hartos momentos difíciles, aunque todos previsibles.     

¿Llegaron todos a la cumbre, en qué orden?  

No, tras mío sólo llegaron Jordan y Montes, en ese orden. Rodrigo pisó la cumbre treinta minutos después de mi arribo y Montes, tres horas más tarde. Además, llegó (Mauricio) Purto, en tercer lugar, quien subió por otro camino guiando un equipo del Club Alpino Italiano. Y el día estaba muy bueno, habiendo menos de quince grados e incluso una temperatura inferior.                    

¿Qué sensaciones invaden a más de ocho mil metros?

Es un momento demasiado impactante, en el cual te invaden emociones e imágenes de seres queridos y de personas muy importantes. Como la de don Joaquín Mardones, entonces gerente general de Indura y la única persona del mundo privado en creer en nosotros. Él nos apoyó en todo, aportando el oxígeno, el transporte y la tecnología, olvidando su beneficio económico. Gracias a tipos como él, coronamos un proyecto maravilloso. Don Joaquín, además, involucró a todos sus trabajadores en el sueño, haciéndolos sentir de que también estaban llegando a la cumbre y aportando al país.                     

¿Brotaron llantos y apretones intensos junto a Jordan y Montes, antes de un desafío aún mayor: el descenso?

Sí, naturalmente, pero todo es súper loco porque es una celebración contenida, ya que no estábamos en la meta todavía. La verdadera meta está abajo, para la cual debes guardar energías y serenidad no extraviando el foco de seguir muy despierto a todas tus señales  biológicas. Es un festejo, sin dudas, pero no completo en ese instante. Y el descenso fue rápido, no demorando más de dos días en volver a la alegría absoluta.

“PURTO MINTIÓ”

Con el tiempo, siempre después de un gran triunfo se van creando mitos en torno a él, algunos reales y otros magnificándolo. En este caso, historiada es la discusión -algunos sostienen que hasta hubo golpes- entre los bandos de los clubes de la U. Católica y el guiado por Mauricio Purto, por cuál alcanzó en primer lugar la cúspide. Acá, García-Huidobro revela lo acontecido en la misma cima:

“Es efectiva esa historia, pero fue por algo privado, no por la ascensión. Como mis compañeros habían tenido conflictos con Purto, según yo hice un acto de justicia arriba, el que tal vez hoy no haría porque no estábamos en el lugar ni en un momento adecuado. Fuerte, pero verbalmente, ajusté cuentas o deudas pendientes (sonríe) para defender a los afectados, quienes durante algunos años se abstuvieron de dar la cara, lo cual nunca compartí. En todo caso, yo no tenía problemas con él”.

Lo increpaste porque se proclamó como el primer chileno en hacer cumbre…  

Pero no contó la verdad, porque cuando se comunicó para abajo dijo que su equipo era el más exitoso y que él fue el primero en conquistarlo, olvidándose de que ya había dos chilenos en lo más alto (sonriendo). También avisó a El Mercurio lo mismo, interpretando el diario su versión.              

Antes y después del Everest ascendiste a varios ochomiles. ¿Cuáles valoras más?  

He participado en tres hazañas muy potentes, reconociendo sí de que el Everest, actualmente, no tiene ninguna gracia subirlo por rutas simples, porque la tecnología resuelve todo. En cambio, la ruta nuestra fue asombrosa considerando la época. El K2, el segundo más alto y donde muere uno de cada tres, lo cual ya le imprime un gran desafío, igualmente es portentoso. Y el Nanga Parbat, superior a los 8.100 metros, tiene mil más de escalada debido a su complejidad siendo más bajo que los otros. Hablo de ascensiones emblemáticas, representando cada una experiencias disímiles, no pudiendo entonces ponerlas en un escalafón de importancia. Si hiciera uno, todas se ubicarían en un primer nivel porque son únicas y maravillosas.

¿Cómo ves la gesta a 25 años, amparado en la quietud y en el equilibrio?

Con ojos inmensamente agradecidos, importándome más lo que se ve y no los datos de si fuimos o no los primeros sudamericanos. Esa es una apariencia, lo realmente importante radica en la capacidad de los seres humanos de ir mucho más allá de sus límites. Entre lo más bonito de esto está también el descubrir en nosotros la existencia de un ser extraordinario, de poder conectarse con una dimensión sorprendente en nuestro ser, de poder volar; y nosotros, hace 25 años, eso hicimos: ¡volar! Si yo llegué prácticamente trotando a la cumbre, se debe al resultado de conectarse con una capacidad inconmensurable, sin embargo, nos han convencido de que somos pequeños, ratones, limitados, chilenos... Así, lamentablemente, nuestra autoestima define nuestros actos y hasta donde llegamos, entonces, como nos miramos con carencias, vivimos en la carencia.

¿Y cómo podemos pasar de la carencia a la excelencia o a la grandeza?

Si logramos mirarla, la grandeza aparecerá sola, buscándola en el ser humano y no en Cristián García-Huidobro, porque detrás de todo hombre hay un dios esperando manifestarse. Estas excursiones sirven, precisamente, para rescatar a ese dios y para renacer desde el descubrimiento de ese ser superior tan extraordinario que hay en todos nosotros. Eso es lo más grande que me han dado las montañas, junto con la convicción de que somos seres privilegiados con capacidades divinas e ilimitadas habitando un mundo físico.  

¿Puedes darle una analogía deportiva a lo descrito, como un legado de tu éxito?    

Es muy simple: quienes se enamoren de su trabajo y se valoren suficientemente a sí mismos, seguramente lograrán grandes resultados, deportivos en el caso de Viña. Además, flotarán en una danza de maestría y de excelencia. Para conseguirlo, repito, deben alcanzar ese idilio, dándole espacio a ese dios. Quienes no puedan hacerlo o lo busquen con más pragmatismo, encontrarán una version más limitada en esas energías, porque somos vida. Y el potencial de la vida está aquí, donde puedo hacer cosas tan maravillosas como las que veo, y si siempre me conecto con ese disfrute y con la maravilla del ser, vuelo. Tal como lo hice en mayo del 92.    

Explorando y alcanzando horizontes nunca imaginados, el valor de Cristián García-Huidobro destiló por cada uno de sus poros frente a los dioses de las montañas, donde el camino soñado nunca termina en la cumbre, sino en las planicies. Así, veinticinco años después, quien depositó la bandera chilena en el pináculo de la Tierra, ha rememorado el Desafío de un Sueño.            


por Mario Ramírez Escudero  

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