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26 de noviembre 1982: EL PIBE DE ORO, ASISTENTE MÁGICO E INMORTAL

Jueves 26 de Noviembre de 2020
Diego Maradona, quien jamás manchó la pelota, disputó su primer derbi español, originando los tantos del 2-0 del Barcelona sobre el Real Madrid en el Bernabéu. Por esto y tanta genialidad, ¡gracias, Diego, astro eterno!
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Cuando la selección argentina campeona mundial se disponía para estrenarse en la Copa del Mundo de España, se hizo efectiva la bombástica transferencia de Maradona al Barcelona, donde el superastro de veintiún años se enfundó por primera vez la casaquilla azulgrana en septiembre de ese año, anotando un gol ante el Valencia de Mario Alberto Kempes. Después, convirtió cinco tantos más en La Liga 1982-83, llegando con aquel registro al Santiago Bernabéu, escenario del choque mayor de la decimotercera fecha. En su primer clásico peninsular, el jugador dorado de Argentinos Juniors y de Boca entre 1976 y 1981, formó el mediocampo catalán con Víctor Muñoz y el alemán Bernd Schuster, tomando el control del juego en todo momento sobre un terreno barroso y bajo una fría noche invernal, frente a los merengues conducidos por Alfredo Di Stéfano. Y pronto, el equipo adiestrado por el alemán Udo Lattek disfrutó el primer resplandor del Diez, a los catorce minutos…

Elegante y preciso en el pase con ventaja, el oriundo de Fiorito puso la pausa y alzó la vista antes de habilitar a Esteban Vigo, quien inauguró el tanteador tras eludir al arquero madrileño. Durante los siguientes tramos de la parte inicial, no hubo claras ocasiones en ambas porterías, esperándose en el coloso de Chamartín otras inventivas del Diego o de los convocados a revertir la desventaja del local, esencialmente. Pasó largo tiempo y restando apenas dos minutos para el desenlace, nuevamente prosperó el genio ilimitado del nacido el 30 de octubre de 1960. Luego de burlar a dos rivales, el zurdo cedió a un ariete implacable, Quini, que marcó el 2-0 a domicilio con una suave vaselina. Después de momentos tortuosos, el periplo del argentino por el Barza terminó en mayo de 1984, logrando la Copa del Rey, la Copa de la Liga y la Supercopa de España bajo el mando de César Menotti. Esto, antes de su desembarco en el Nápoles, donde empezó a cimentar un viaje a la eternidad.

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